Mis escritos


Falta poco para el amanecer

La primera vez que los vi no eran tan grises. Plumas verdes, moradas y un aroma de sol naciente que envolvía las pupilas de los enanos. No había necesidad de palabras –nunca sé qué decir. Incluso cuando decidí cerrar la puerta de casa para siempre, mientras mamá danzaba sobre el filo de orgasmos y nicotina, nada, solo el silencio. Nunca sé qué decir–, solo abrazos alados para transportarme al pasado.

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Dios quiere ir a nadar

Desde que abrí mis alas al mundo vivo despejando algunas dudas. Pero hay una, en especial, que me perturba con su brr brrr infinito: ¿qué es lo que intenta María barriendo el cielo? Yo le he dicho, venga hermana páseme la escoba que yo puedo subir más alto, pero nada, ella sigue dando brazadas en el aire. Quién sabe a lo mejor también quiere aprender a nadar. ¿Será que se le mide a una zambullida en cerveza?

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Sobre las playas de asfalto

Al salir del caos enmarañado de la ciudad y volar hacia verdes momentos desolados, el aire llega para despejar ciertas ideas enmarañadas entre las voces de la razón. ¿En qué instante se rompió nuestra conexión con lo celestial?

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¿Dónde se ha escondido mi beso?

¡Vamos a la misa. Despierten ya. Las espero aquí en diez minutos! —gritaba mamá desde el primer piso, todos los domingos, muy puntual cuando la primera patica del sol aruñaba mi ventana.

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Dios duerme al otro lado de la ventana

Las polillas hace pocos días me espantaban, incluso las que en el día dejaban su rastro polvoriento de gris esencia. Me encontré con los textos de Virginia Woolf y mi percepción cambió. Veo en la polilla un hilo invisible divino con el que juega Dios, juega a través de la danza tan efímera de aquel lúgubre ser alado.

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Mi beso de maple

Un día no encontré tu beso de maple. Lo busqué entre las sábanas de cotidianidad cansada, también en las cucharadas de palabras marchitas. ¿Cómo, cuándo perdí la majestuosidad de mi desayuno? Arañé mi memoria para encontrar una grieta y con mi pupila prometer recuperar tu azucarado aliento.

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El amanecer del Rey Lagarto

Rinrín no pudo camuflar su desilusión. Ni toda su esencia renacuajesca sirvió para encontrar un escondite para esta nueva verdad. Su mundo se veía reducido a un vacío de preguntas sin respuestas.

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Telegrama a una mosca

Revoloteas tan torpe. De un lado al otro vas con tu pesado cuerpo. ¿A dónde quieres ir? ¿Tienes un propósito en tu corta y miserable vida? ¿Dónde guardaste tu glamour y sentido de la estética?

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N y Ñ

Vivíamos en el paraíso: un rinconcito casi invisible en medio de los Montes de María, donde el sol desprendía sus rayos en las tajadas de mango para alimentarnos de la forma más dulce y celestial imaginable.

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Te dejé una nota

Me pregunto por qué confiarán tanto en mí. Soy pésima guardando secretos y quienes me conocen sabrán que mi gozo radica en revelar mis entrañas a conocidos y a extraños.

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