Leche Klim

Chao. No nos demoramos. ¡Juiciosas!

No había nadie en casa.
Pero el ocaso por la ventana de la cocina nos miraba.


No había nadie en casa.
Pero el tarro amarillo en la alacena se escondía.


No había nadie en casa.
Pero el azúcar rodando fuera de los platos. Una seducción.


No había nadie en casa.
Pero los gritos silenciosos.


No había nadie en casa.
Pero un parpadeo: más azúcar;
movimiento de nariz: yo voy por las cucharas.


No había nadie en casa.
Pero del tarro amarillo nada.


No había nadie en casa.
Y nos tocó correr esa butaca como mil veces.


No había nadie en casa.
Pero gritábamos de felicidad pero muy bajito porque encontramos el tarro amarillo.


No había nadie en casa.
Pero tuvimos cuidado la cuchara sobre la tapa chillaba.


No había nadie en casa.
Pero servimos de a tres cucharadas en cada plato, para aprovechar.


No había nadie en casa.
Pero corrimos al baño.


No había nadie en casa.
Pero en nuestro refugio seguro tampoco podíamos hablar.

No había nadie en casa.
Pero tratábamos de tapar las carcajadas blancas.

No había nadie en casa.
Pero el polvito se salía por los huequitos de los dedos.


No había nadie en casa.
Pero nos mirábamos: nos faltó más azúcar.


No había nadie en cada.
Pero mañana nos quedaría más leche Klim.

 

No había nadie en casa.

Y

no

había

nada

mejor

que

esperar

el

día

siguiente

para

hacer

de

la

tarde…

           un manjar.

 

No había nadie en casa.

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