Dios duerme al otro lado de la ventana

Las polillas hace pocos días me espantaban, incluso las que en el día dejaban su rastro polvoriento de gris esencia. Me encontré con los textos de Virginia Woolf y mi percepción cambió. Veo en la polilla un hilo invisible divino con el que juega Dios, juega a través de la danza tan efímera de aquel lúgubre ser alado.

Entendí que Dios no está encerrado en un templo, está en los ojos de las vacas, en los bigotes de los gatos, en los pulpejos de los perros y en las entrañas de los insectos.

No estoy listo para empezar la eucaristía.

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