¿Dónde se ha escondido mi beso?

¡Vamos a la misa. Despierten ya. Las espero aquí en diez minutos! —gritaba mamá desde el primer piso, todos los domingos, muy puntual cuando la primera patica del sol aruñaba mi ventana.

A regañadientes, mis hermanas y yo bajábamos, después del tiempo sentenciado y finalizada la rociada rápida de agua y jabón. Sin desayunar —porque siempre el tiempo se aceleraba en nuestra contra— llegábamos a la iglesia.

Nunca había un huequito libre en las largas sillas de madera, así que teníamos que permanecer de pie, pero siempre adelante, muy adelante —eso era lo importante, según nos lo enseñó mamá.

De nuestras jornadas espirituales recuerdo el frío intenso que se colgaba de mis pestañas, de los pensamientos atiborrados tratando de escapar por mis muelas, de las risitas escondidas entre las miradas de mis hermanas y el miedo que recorría mi espalda al mirar la cruz.

—Qué mira, que la cara se le estira como una gelatina —me susurró un día el Dios que con una corona de espinas colgaba en la cruz. Yo se lo conté a mamá, pero su respuesta fue el castigo del no helado ese domingo para que no fuera más una niñita mentirosa y respetara la casa de nuestro creador.

Al siguiente domingo clavé mis ojos al piso —tenía que tomar mis propias precauciones—. En mi paseo ocular por el mármol cuadrado me encontré con un hociquito húmedo y unas mechas enredadas color barro. Su lenguetazo encontró mi mano. No te acerques a ese chandoso, me dijo mamá y comenzó a espantarlo, los perros no son bienvenidos en la casa de Dios, refunfuñaba.

Sin hacer tanta bulla, me salí del congelado templo en busca de mi esponjado amigo. ¿Por qué Dios era tan selectivo con quienes entraban en su casa? Se me ocurrió entonces que esa era una casa de mentiras.

Seguí a mi nuevo peludo amigo en busca de otro de sus lengüetazos, lo seguí y supe donde estaba escondido mi beso celestial:

En un templo libre de paredes rígidas de concreto

En punticos de olores de mundos pequeñísimos ocultos en el pasto

En pulpejos recorridos por calles de arena y lamidas de desayuno

En boronas de tostadas y caricias en el paradero del bus

Allí estaba Dios, tan oculto en aquel suspiro eterno de rosado existir, que nadie se giraba para verlo.

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