El amanecer del Rey Lagarto

Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí.

Rinrín no pudo camuflar su desilusión. Ni toda su esencia renacuajesca sirvió para encontrar un escondite para esta nueva verdad. Su mundo se veía reducido a un vacío de preguntas sin respuestas.

¿Por qué después de tantos y tantos años de permanecer allí, decidió escapar así tan de repente?

¿De qué habían servido tantos escapes matutinos y gestos orondos?, ¿de qué había servido ignorar a su verde madrecita?, ¿para qué la historia sobre su desaparición a causa de un pato tragón? Ahora nada parecía tener un sentido.

Rinrín, la cara oculta de la historia, era feliz solo con atestiguar cada mañana que su compañero ancestral permanecía allí.

Pero, ¿qué haría con los cuentos, las canciones y los mitos tejidos en torno a la permanencia de su adorado? Después de pensar y pensar solo pudo rendirse ante la tentación de ahogar sus pensamientos en sus goterones tristes. Cayó en un profundo sueño.

Al despertar, una garrita luminosa entró por la ventana y con un gélido toque celestial limpió la tristeza de la cara de RinRín.

La carta fue visible en ese amanecer.

“Pacté de nuevo con Rumpelstiltskin, esta vida de reptil famoso no era lo que yo esperaba. Me alegra que el reino animal no esté invadido aún por reglas estúpidas de género. Tengo que seguir. Viviré un tiempo —no muy largo— en el mundo musical, ahora con un cuerpo humano, necesito experimentar más. Escucharás de mí, escucharás mi voz en mis poemas musicales en el que será llamado el Rey Lagarto”.

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