En la superficie

Hace rato dejé de creer en estupideces. En si existe o no un alma y en cómo abrir un camino hacia lo eterno, eso son “maricadas”… en lo único que pienso es en cómo dejar de respirar sin prolongar el dolor.

Ya ni siquiera anhelo masturbarme.

Antes iba a la iglesia, de corbata y dientes relucientes.

—Buenos días —me decían.

Y yo me sentía a salvo de algún dios tras mi sonrisa correcta.

—Buenos días —contestaba.

Es cierto que me sentaba en la última banca y desde ahí con mi pupila hurgaba la entrepierna de las niñitas en vestido, y sentía cómo mis dedos se untaban con su esencia virginal, hundía todas mis perversiones entre sus huequitos tan estrechos tan calientes, para después llegar a casa y agitar mi pene y abrir la boca y respirar mejor y cerrar los ojos y evocar mejor… y estallar, ahí y justo ahí veía a ese dios, en realidad a todos, todos los dioses estaban ahí tan brillantes entre la mancha perezosa, escurriéndose en las grietas de la pared.

Pero cumplía y era… soy. Soy un buen… ¿cristiano o vecino?, ¿o ambos?

Y aunque en la iglesia tenía variedad de sabores y olores (no me puedo quejar); era la niñita que vivía cruzando la calle, la que aparecía en todas mis fantasías.

Yo escuchaba sus carcajadas al amanecer y entonces no podía evitar imaginar su cabello tan rojo tan brillante tan suave rozando mi pecho… cuando me levantaba y corría hacia la ventana, ella estaba ahí con su hermana y sus muñecas y sus manitas que parecían meterse en mi glande a través de mis dedos.

Ese noviembre, era un noviembre de sol naranja, de un sol lleno de silencio. No escuchaba las risitas, ni ningún pelo rojizo se colgaba en mi mirada. No era domingo, no tenía a qué salir ante los vecinos. Pero, salí.

—¡¡¡Vecino, vecino, vecino!!! Ayúdenos a buscarla, ayúdenos, ayúdenos, ayúde… —la voz de la la vieja histérica se cortó por las lágrimas que salían desde la garganta. Yo seguía sin entender.

Me quedé estático y recibí un papel. Ahí estaba la niñita con su mejor risita y todo el sol excitado pegado a su pelo; una foto que colgué en la pared, al lado de mi ventana. Ese día sentí otro hueco en el hígado, también mis muslos estaban sin vitalidad. Fui al baño y apagué la luz. Vomité. Al otro día, otra visita al médico, otra sesión de quimio, otro día sin mi paliativo sonriente y rojizo.

Día 1

¿De qué me sirve este anonimato? Quizá sea el primer sospechoso de la cuadra y quizá deba proteger mi “libertad” y mi casa y mis fantasías (?). Dónde estará esa niñita… con ocho años (?), ¿dónde, “putas” puede estar?… su hermana también la busca. Entonces, está sola. Pero, ¡¿¿dónde??!

Día 2

La niñita sigue sin aparecer y es domingo. Me quedo en casa. No tengo ganas de… nada.

—¡Te puedes largar si quieres! Estoy cansada de tener que lidiar con esta mierda de vida, si te quieres largar te largas y ya, estoy cansada y ¡¡¡ya no quiero verte más!!! La puerta se cerró. Me asomé por la ventana y vi al imbécil salir. Lo vi caminar. Pensé en él como una posibilidad.

No tengo idea cómo se llama, pero de sus incontables: “pero mamá, entiéndame… yo trato… escúcheme, vieja… espere, escúcheme… ¿¿¿Y yo cuándo le pedí nacer??? Usted fue la que decidió abrirse de piernas, ¿yo la obligué? No. entonces ahora asuma las consecuencias de tirar y no tener la valentía de abortar, este fue el hijo que le tocó y ni modos…”

Y en la iglesia la pobre: “mi hijo no es malo, no, es que lo que pasa es que él está enfermo y yo le pido a Diosito que me ayude, que lo ayude, que nos ayude…”

Y todos con cara de: “no, señora mía, lo que su hijo es… es un bazuquero, ladrón y adicto a la pornografía… y no hay dios que la, que lo, que los pueda ´ayudar´…”

Lo de la pornografía lo deduje por la soledad, por lo escuálido, por lo fétido, por lo patético: un espejo, como un viaje a mi pasado adolescente, muy lejos de aquí.

Día 3

Sigo en el médico. Me dejaron hospitalizado que porque “es el colmo que yo con el hígado vuelto una re mierda siga con el aguardiente…”

No sé nada.

Día 4

Del hospital a la casa vi todo gris. Hacía sol (como siempre por aquí), pero me fastidió sentir un rayo tan helado, me fastidió tener que verlo escrito tantas veces para sentir que simplemente ya no está, para mi ya no es ningún sol… Es un astro o alguna maricada allá en el universo, acá no. Acá ya no hay universo, ni sol, ni nada y yo sigo respirando… Arranqué más fotos del sol rojo perdido. Los postes quedaron pelados. En la casa todo quedó con su ausencia burlona, en la nevera, en el baño, en el techo, todos gritaban que seguía perdida mi única compañía. Sí ya sé que es utópica.

Día 5

Hoy pasé todo el día sentado, mirando por la ventana. Quería seguir escribiendo en presente, pero ya ni sé si es hoy o ayer o mañana, ya ni sé.

Entonces, me quedé sentado porque quería ver si la niñita aparecía. Nada, el imbécil se esfumó y las fotos de “Desaparecida” seguían reproduciéndose. Salí por más papel tapiz.

Día 6

Miro al techo, o miré (?). Pensé en los otros vecinos. Aunque el imbécil parecía el culpable, no podía descartar a los demás ‘don correctos’, buenos días y sonrisas lustradas.

El panorama es así: arruga y arrugas y flatulencias y babas y piel colgando y más arrugas. ¿Será que alguno es caníbal?

No sé. Esa niña se la pudo robar cualquiera era una delicia, pero yo no me la quería comer, ¿será que me la comí?

Día 7, 8, 9, 10… 597… ABC… Z

Salgo. Camino. Todos lloran. No entiendo. Solo gritos. Hoy llueve. En realidad llueve. Y yo lluevo también. Encontraron a la niñita sin risas y sin el sol en el pelo, ese astro también lo mataron y se supo que estaba hecho de sangre blanca y gris como color semén pero más frío. Y yo ya no tenía más semén, ni ganas de tocarme, ni de hurgar. El hígado seguía jodido y eso es lo de menos.

—¡Pero increíble! —una voz a los lejos que repetía y repetía.

Caminé hacia la casa llena de cintas amarillas. No todos eran arrugas, no todos eran el imbécil. Se me escapó el ´don correcto´ más imperceptible, el de la pelota de fútbol, el de 14 años, el del papá alcohólico, el de la mamá… el de la familia feliz; el que vivía justo al lado de mi casa.

“Que a la mamá todo le olía mal, que entonces limpió el baño 100 veces con Axión el ´verdadero arranca grasa´ y que estregó también la cocina que porque el borracho esposo a veces hacía chichí en el lavadero que quedaba en la cocina, que la sala también la lavó porque el Pennywise marcaba su territorio y salía maullando tan campante, entonces las escaleras también pasaron por el cepillo limpiador de la mamá. Que en el cuarto de Bryan nadie podía entrar que ya saben cómo son los adolescentes. Y entonces el olor fue tenaz y le tocó abrir con la cédula el cuarto intocable y que ahí si fue verdad que el olor asqueroso se hizo más asquerosísimo, que subió la mamá con su kit de aseo (pero ella ni sospechaba), que dejó el celular en la mesa de noche y que le subió el volumen a Candela Estéreo. Que echó escoba ´de lo lindo´ por todo el piso, que sacudió el polvo, pero que antes echó ese Glade de lavanda y que siguió con el polvo. Pero que antes miró debajo de la cama del muchachito y que el olor fue insoportable, que vio una mancha de sangre y que ahí sí se quedó pensando. Que movió la cama y que vió a la niñita pelo de sol rojo sin vida y sin pantalones, ni cucos, que estaba llena de morados y con 5 huecos de cuchillo, el de cortar la carne, el que se perdió también… hace una semana”.

La policía llegó al colegio y arrestó a Bryan. Le dieron cadena perpetua (aunque en Colombia esto no sea verosímil, aquí en esta historia ese fue el castigo para el Bryan de esta historia que pasó en esta hoja).

 

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