Falta poco para el amanecer

Me gusta pensar en el final. ¿Cómo serán los últimos segundos? ¿Será cierto que la vida pasa por la mente en cámara rápida? ¿Será que una luz blanca resplandeciente aparece como punto de llegada en el horizonte?

La primera vez que los vi no eran tan grises. Plumas verdes, moradas y un aroma de sol naciente que envolvía las pupilas de los enanos. No había necesidad de palabras –nunca sé qué decir. Incluso cuando decidí cerrar la puerta de casa para siempre, mientras mamá danzaba sobre el filo de orgasmos y nicotina, nada, solo el silencio. Nunca sé qué decir–, solo abrazos alados para transportarme al pasado.

Como en un sueño volvía a ser una niñita, papá y su eterna sonrisa: “¿En qué piensas, Camilita?”, “en que quiero ser un pájaro”, le decía yo, “pero uno bien grande y que pueda volar muy alto para que nos lleve a los dos muy lejos de Santa Inés… ya no quiero tener estas alas de cartón, parezco una polilla y no me gustan las mariposas oscuras deshilachadas, siempre tan solitarias sentenciadas a un rincón sin cielo azul”.

Pero siempre, en mi mejor recuerdo, llega ese bum, ese apestoso bum que me hace vomitar, igual que ese día. Ese día agarrado por las tinieblas. Papá llegó temprano, me despertó con su beso atolondrado; “Mi Camilita, ¿qué te parece este emplumado que te traje, ah? Ya sé que no es tan grande, pero si lo cuidas crecerá y volará”, se notaba que no conocía nada de nada mi papá, de lo contrario sabría que ese pájaro era un pingüinito y que no podía volar, y menos con alas artificiales y menos entre estas nubes bogotanas.

Pero, ¿cómo contradecirlo con semejante hermosura de sonrisa? Sí, ya sé que le falta uno que otro diente, ¿qué importa una piedra blanca menos, si su alma armaba una muela más bonita hecha de rosado futuro?

“Papi, me encantaaaa. Estas alitas son las que nos sacarán de aquí, ya lo verás”, fue lo último que le dije.

Una niebla gris me aturdió, solo gritos y soledad, bum. Papá desapareció bajo un mar rojo, mis lágrimas no alcanzaron para detener la destrucción. “Camila ahora sí quedamos solas usted y yo, ahora nos toca trabajar a ambas, mamita”, me dijo mamá mientras se acomodaba su falda cortísima.

Ese bum llega y me tumba de los enanos emplumados verdes y morados. No lo soporto. Corro en círculos por calles desiertas, apagadas. Me pesan los cuarenta años, no logro escapar y la niebla gris, gris, gris, intensamente gris me escupe, me quema. No lo soporto.

Me duelen los brazos que jamás lograron elevarse. Ya no soy una niñita. Abro los ojos y estoy deshilachada bajo la luna. Mi pingüino jamás creció y papá se esfumó dejándome encarcelada aquí. No lo soporto.

“Camila, tiene que levantarse a trabajar”, un susurro de mi compañera de cuarto.

“En un rato voy”, le respondo y miro de nuevo al techo.

Otra vez de regreso a mi niñez en medio de una legión celestial de pingüinos, papá como parte de ellos y yo brillando como el sol guía.

    Leave Your Comment Here