I wanna make it wit chu

Me gustan los conciertos.

Me encantan los conciertos. Pero no todos. Me encantan los conciertos de rock.

Puedo decir orgullosa, feliz, sonriente y con el pulso acelerado que he faltado a muy pocos aquí en la capital. Me perdí, por boba —porque no tenía plata y no quería aceptar el préstamo de quien sería después de meses mi novio— por boba, de escuchar a una de las voces que más hacen o hacían erizar mi piel, la de Cedric Bixler-Zavala de The Mars Volta. Todavía me arrepiento y ya ni modos de disfrutar la exquisitez de dúo que hacía junto a Omar Rodríguez-López.

El martes 7 de octubre del 2014 se presentó por primera vez en Bogotá: Queens of the Stone Age. Quería estar en la fila desde una hora razonable, digamos las diez de la mañana, pero porque tengo un trabajo, de un horario rígido, llegamos a las cuatro de la tarde. En ese momento la fila,  ya abrazaba la mitad de la larguísima cuadra del Royal Center, en la sesenta y pico en Bogotá.

—Qué tarde, debimos almorzar aquí, ir al baño aquí, todo aquí. Vamos a quedar  muy atrás—le dije a mi novio en tono de reproche.

Diría que siempre es lo mismo: el mismo frío, la misma fila de gente rara, la misma uniformidad de una masa negra, los mismos ecos que resuenan con estrofas urbanas de: compro boleta que sobre, tengo boletas vip (no V.I.P), vendo la camiseta, la manilla, el botón, el pocillo y cuanta bobada se quiera imaginar para recibir al artista del momento.

4:00 p. m.

—Uy qué miedo me da toda esta gente —susurro entre dientes mientas sonrío estúpidamente para tratar de mostrar simpatía –sobre todo a las chicas— que en la fila pasan el tiempo mirando a los nuevos fanáticos que llegábamos, tres horas a sumarse a la cola, antes de la apertura de puertas.

Me acuerdo de Bukowski: “el tipo parecía realmente malévolo y peligroso, pero casi todo el mundo tiene ese aspecto si te pones a pensarlo”.

Es verdad: en Transmilenio, en el cine, en el barrio, para mí, todos tienen el rostro del futuro asesino serial. Debo dejar de ver tanto Investigation Discovery, pensé. Me relajé.

Debo admitir que para cada concierto, y según esté mi estado de ánimo, los pensamientos que pasan por mi mente son diversos y son los que hacen de cada fila una experiencia que con cada año que pasa me gusta más.

5:00 p. m.

—Debí traer un saquito más abrigado —le digo a mi novio. Él me abraza y el frío no se aleja, pero estoy feliz de estar en esa fila con él apunto de escuchar a Josh.

Recuerdo también las sentencias familiares.

—Yo no sé cuál es el gusto que le sacan a gastar un montón de plata para aguantar frío, y ser tocados por un montón de gente… —me dice mi mamá, que ya pasa los cincuenta años. A lo lejos el —uy sí nada que ver —retumba a los lejos la voz de mi hermana, que no pasa de los treinta.

6:00 p. m.

Nos jactamos siempre de nuestro buen gusto musical.

A esa hora el frío es más intenso. Y supongo que producto de delirio y del congelamiento que han comenzado a sufrir nuestras horas, los trapitos ocultos salen al aire.

—También irías a un concierto de Fonseca o de Justin Timberlake —grita mi novio.

Me quedo sin argumentos. Pienso en toda la metamorfosis musical que he vivido.

Antes de “convertirme en toda una mujer”, mis primas y yo reflejábamos simplemente los gustos de nuestras mamás.  La música, aparte de una tarde divertida de saltos, no significaba nada trascendental.

—Aquí les trajé el cassette de Oki Doki para que ahorita armen la recocha —repetía la tía Luz Dary, en cualquier almuerzo casual, refiriéndose a vayan a otro lugar y dejen a los adultos estar en paz un rato.

De esos bailes de niñita, recuerdo especialmente el Dur Dur D’etre Bebe de un tal Jordy, que jamás volví a escuchar.

7:00 p. m.

Tengo hambre, mucha hambre. Sed también.

—Es mejor no comer nada, con la panza llena nadie salta y tomar una cerveza menos, no hay tiempo de ir al baño. Nos quitan el mejor puesto que logremos, habiendo llegado a las cuatro de la tarde  —pienso.

—Voy a comprar un Todo Rico, se aleja mi novio.

Con eso nos mantenemos.

7: 30 p. m.

Nada que abren las puertas. Estoy desesperada.

Para matar el tiempo, recordamos todos los conciertos: el de Green Day en el Nem-Catacoa, el de Paul McCartney en el Estadio, el NIN en Estéreo Pic-Nic, los de RHCP, el de Aerosmith, el de Coldplay…

—¿Te acuerdas de las camisetas que hice para el primer concierto de los Peppers?

Mi novio se ríe y me abraza otra vez. Parece que él no divaga tanto como yo.

7:45 p. m.

Por fin la fila comienza a moverse. La fila se alarga.

—Buuuu, haga la fila, no se cole —resuella la masa de fanáticos.

Pienso: ¿cuántos de estos avispados criticarán a Petro?, ¿seguramente piensan que con ellos no es la cosa y que con una buena acción, así sea minúscula, no se arregla una ciudad?, ¿qué tal la incoherencia?

8:00 p. m.

Adentro quedamos en un buen lugar. Mis pies no dan más, pero no me puedo sentar o me quitan el puesto. Creo que ya no puedo andar en estos trotes.

9:00 o 10 p. m.

En este punto después de estar por más de 5 horas de pie, con frío y con hambre, ya no tengo claridad del tiempo.

A punto de desmayarme.

Batería, guitarra y la enérgica aparición de Josh Homme. ..give me sword, show me the door…

Un cielo de concreto que perpetuó un orgasmo comunal. Ya ningún pensamiento importaba, tampoco las reglas, tampoco los prototipos, tampoco las apariencias, tampoco el pasado, tampoco la rutina. Nada. Solo la música y el amor.

Un instante que valió todo.

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