Sol en Bogotá

Cuando Sol llegó a la ciudad tenía un solo propósito: reunir todas las historias que pudiera, unos ejemplos, ajá es eso, lo que necesito son unos ejemplos, pensaba en voz alta una tarde borrosa del pasado allá en medio de una lluvia torrencial caliente que salpicaba el mar una tarde cerca de su casita en Mingueo.

En Bogotá, lo primero que zarandeó su corazón fue el frío: de la gente, de las calles, de este rincón de vida tan inerte que se le presentaba. Caminó caminó y llegó frente al Cementerio Central.

Lloró y eso fue lo más cálido de ese momento. Al otro día, el sol la abrazó y de su mano llegó a la veintidós y vio mujeres enjauladas y pensó que no quería estar en una jaula porque ¿cómo podría conseguir sus historias? Aunque su homónimo allá en el cielo animó su apretujada alma, las tripas se retorcían y gruñían y le exigían alguna comida para seguir andando. ¿Y cuánto cobra?, una voz que la apartó de su huelga estomacal y la hizo reflexionar: si decía una cifra, sabía que era su boleto hacia una de las jaulas y si no, moriría de hambre, pero ¿y Miguel?, pensaba en él como el único, él y el mar gris, él y Mingueo, él y la humedad, él y su piel, él y la poesía, él y su lengua, él y sus gestos al estallar, él él él él él… ¿que, cuánto cobra, ricura?, la misma voz impaciente… Sol no sabía ni cuánto cobrar, ni qué hacer, ni dónde pero necesitaba plata para calmar su panza. ¿Veinte mil?, eso fue lo que dijo, quizá fue mucho quizá fue poco, pero sintió una mano en su brazo y en un segundo estaba en una de las jaulas con las piernas abiertas, los ojos cerrados y todo el resto con Miguel, en su mente, por supuesto. No hubo besos tampoco palabras, fue una penetración rápida y sin dolor.

Cuando abrió los ojos, el hombre; hombre… hombre, no, en realidad era un muchachito, la miraba desde el extremo de la cama, ya estaba vestido. Sol se subió los cucos y se quedó mirándolo también. Él comenzó a hablar, le contó que estaba estudiando literatura que tenía novia pero que no la quería que tenía padres pero que no los quería que tenía un perro que olía a maíz pero que no lo quería que le gustó meter su pene en ella pero que tampoco quería que de todas maneras gracias por escucharlo que hasta luego o hasta nunca que no sabía…

Ahí fue ahí y justo ahí cuando apareció esa sonrisa blanquísima y su piel negra volvió a brillar como si Miguel lamiera uno a uno los poros sabor a mar de Sol.

Así acumuló noches y manos hurgando su cuerpo… pero las historias siempre llegaron: del esposo incomprendido, del alcohólico solitario, del adolescente inexperto, del que estaba feliz pero quería variar… que gracias terminaban todos y ella en su libreta con esfero rojo encarcelaba esas historias entre sus palabras.

Cuando las ciento treinta y tres historias se completaron; Sol sacó de su caja de cartón ese libro de español que llevaba en su maleta como su fiel compañero. No había podido pasar del primer capítulo: el uso de la coma, de los dos puntos y del punto y coma. Tomó su esfero rojo y comenzó a rayar cada tema con su respectiva explicación, ya tenía las historias, ya podía entender, comenzó por la coma:

  • La coma no es una prostituta y tiene un propósito diferente, como yo.
  • El poder de la coma es más profundo, como el mío.
  • Se usa para aclarar, como lo que estoy haciendo.
  • En un enlace. Es fin, creo que voy entendiendo.
  • Y si Miguel me ama, me apoya, sin juzgar, como lo ha hecho, creo que comprenderá porque me abrí, me giré, me puse en cuatro, en dos y toda la lista de lo que hice aquí con mi cuerpo, pero solo para comprender a la coma.
  • Sirve para delimitar, como yo con mi cuerpo aquí, Miguel con mi amor, allá.
  • En conclusión, mi cuerpo volverá a Mingueo, Miguel, a mi.

Siguió con la hoja donde hablaban de los dos puntos:

  • Anuncian. Miguel: seré profesora de español ya entendí eso de los signos sobre el papel.
  • Sí: tenía que venir a Bogotá a ver ejemplos de la vida para entender, le explicaré.
  • Así sin las pausas de la coma, tampoco del punto y coma.

Llegó al capítulo del punto y coma:

  • Esta era la parte más difícil; la más larga y compleja; también absurda; mejor no explicaría tanto a Miguel; ¿para qué tantos detalles?
  • Yo no podría haber sido profesora de español sin comprender el mundo; aquí en Bogotá pude vivir y entender qué es todo esto de este libro; mi cuerpo me ayudó y es un lujo que yo solo sé valorar; así como el punto y coma que te dejo aquí, Miguel si puedes seguir con esta historia; dime ¿cuál es tu punto de vista?

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