Te dejé una nota

Me pregunto por qué confiarán tanto en mí. Soy pésima guardando secretos y quienes me conocen sabrán que mi gozo radica en revelar mis entrañas a conocidos y a extraños.

Es verdad que mi esencia es oscura, pero no crea que por eso vivo triste, una lucecita titila incesante —puertas adentro—, y diría que ese brillo revela mi vitalidad; a veces me desaguo, pero no por sentimentalismos, estoy convencida de que es necesario sacar el agua estancada en el interior para poder reparar heridas que van entorpeciendo mi funcionamiento.

La noche me asusta. Ese congelado balón del cielo que ve allá es el más cruel de todos los astros, no en vano “brilla” con la luz de otro. Luna, he escuchado que llaman al petrificado balón.

¿Y por qué la risita? Déjeme, le sigo contando.

Estas alas que ve no son mías. ¡Tóquelas!, qué firmes, ¿cierto? Extraño mis antiguas rectangulares manitas.
Martha me ama, eso se nota en sus pupilas y en su tacto.

Sé que cree conocer a la sonriente Martha, pero no se confíe. No, no lo se lo digo desde mi corazón celoso. Siempre he estado dispuesta a compartirla, las razones son bastantes evidentes, ¿no lo cree?

Fabián era mucho más desconfiado que usted. Tenía unas enormes gafas y detallaba todo con tal minucia que… me avergüenza, pero hasta me alivia sentir su silencio.

Esa nota que encontró en mi piel no es un ritual novedoso para Martha. Como le digo, tal vez Fabián se dejó seducir precisamente por este jueguito que lo arrojaba fuera del hastío encapsulado en su familia: una esposa camandulera y cinco hijos que alimentar.

Trabajoso y trabajador Fabián, igual que usted. Venía todos los días, me arrebataba mi dulzura y caía ante Martha. Pobre. Su mundo oprimido había sido destrozado. El torpe estaba desubicado. Ante mi accesibilidad se rendía, y en instantes estaba preso en las piernas de Martha.

¿Podría creerme si le confieso que fueron mis brazos los que esa noche llenaron de sangre esta cocina? Mis antiguas alitas ayudaron a Martha a machacar la lealtad de Fabián.

Fui luna en ese momento, aquí quietica, llena de escarcha helada, pude por fin brillar a través de Martha. Fuimos una. Un silencio y de nuevo ella y yo, y nadie más.

No se aterre, le pertenezco a Martha. ¿Que dónde está lo que quedó de Fabián? Mire en mis entrañas, sus ojos patéticos aún miran atentos la nada. Miserable.

Le agradezco que apriete mis nuevas alas Whirlpool, pero como ve soy de las que prefiere refrigerar a la antigua.
Yo no puedo salir de aquí. Usted sí. Termine con su mantenimiento a esta vieja nevera y lárguese.

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