Don Quijote de la Mancha

Despejando la particularidad del ser

La burla es el eje del Quijote, una exquisita obra del español Miguel de Cervantes Saavedra.

Se dice de estas letras que son las precursoras de la novela moderna, y yo no podría estar más de acuerdo.

En mis recuerdos más lejanos, mi primer encuentro con el Quijote en mis años escolares estuvo cargado de extrañeza y quizá repulsión. Los términos poco usados hoy en día y la gramática de la época llegaron a mis pupilas como un texto confuso.

Muchos, muchísimos años después llegó mi segundo encuentro. Y debo admitir que desdibujó por completo mi experiencia primaria.

Me conecté desde la primera línea. Pero ¿por qué? Por los personajes, por la descripción de cada uno, por su singularidad y por su vigencia hasta hoy.

Don Quijote vive en una realidad ficticia, pero dentro de ese paisaje imaginado este personaje rebosa límites de empeño y severidad en cada una de sus aventuras. Tanto que hace partícipe a su fiel acompañante Sancho Panza (quien en realidad existe).

Sancho Panza por el contrario representa la sumisión. Una sumisión escondida entre refranes para evocar una absurda erudición. Una exquisita burla.

Dos personajes centrales, que andan ideando vivencias que carecen de todo sentido. Una parodia evidente a los libros de caballería y un señalamiento trascendente en dos enfoques propios del ser humano.

Es necesario preguntarse aquí si un Quijote y un Sancho ¿no están incesantes en cada uno a diario respirando en todas las decisiones sin importar la fecha?

Otros personajes, como Dulcinea son producto de este delirio permanente del caballero andante, incluso el lector pasa a ser un personaje que escucha tras los muros de papel, así en la “falta de oficio” que el autor sentencia desde el prólogo.

Haciendo al lector un cómplice en este recorrido que “carece” de los formalismos de la época tan innecesarios que don Cervantes decide dejarlo en evidencia por los siglos de los siglos abriendo las puertas a la modernidad.

 

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