Una permanente búsqueda de Dios

Al comenzar a leer el Decamerón, la ubicación en el tiempo está determinada por un momento de la historia. Momento definido por una epidemia. Un momento condenado por una enfermedad, un momento que es tangible y volátil.

Pero es desde ese momento tan lleno de incertidumbre que comienzan las historias para dejar en evidencia la cualidad efímera del ser humano.

Un ser humano cobijado por un Dios que perdona, que escucha, que ayuda, que todo lo ve y que es justo (?). Un Dios tan metido en cada paso que es inevitable no hablar con él y de él por medio de la producción literaria de la época.

En estos relatos se evidencia la necesidad de narrar historias, historias con alguna enseñanza o moraleja, pero moralejas despedazadas por un fuerte cuestionamiento hacia la doctrina cristiana: un estilo de vida de los frailes en Roma que logra convencer la transformación de un judío pero a través de una aparente seducción desde el “pecado”; el “mal” hombre que se “arrepiente” de sus pecados en el lecho de su muerte y trasciende como santo…

Con el Decamerón se abre la puerta hacia las letras medievales y escarbar hasta hallar una intención; seguramente subjetiva para cada uno de los que se topan con aquellas maravillosas (y es necesario este adjetivo) hojas.

Como ya lo mencioné es evidente la necesidad, diría que vital, de cuestionar la sociedad medieval. Pero, ¿qué? Todo. Pero sobre todo un Dios que se hace visible pero en cada contradicción del dogma cristiano.

Incluso, a través de la burla descarada y despreocupada se percibe esta postura de los escritores medievales; así entonces el Libro del buen amor es una exquisita parodia, usando el lenguaje de los clérigos.

Entonces estas letras hurgan lo cotidiano para dejar todo en “tela de juicio” un juicio que pertenece a una época específica.

Sin embargo, lo “divino” y su debilidad teórica no era el único tema.

La mujer y su rol invisible era también sensible a los argumentos de denuncia social a través de la literatura medieval.

En el Decamerón, Giovanni Boccaccio hace un discurso inicial con una majestuosa ironía que atraviesa tantas y tantas décadas que indiscutiblemente se posiciona como una obra infaltable para comprender la sociedad independientemente de su ubicación geográfica y temporal.

Sin embargo, es en Cuentos de Canterbury donde a través a uno de los relatos, una voz femenina hace su aparición. Una voz fuerte, cínica que habla de su libertad al decidir casarse cinco veces, cuatro veces sin amor y con un poder que sobrepasa los límites morales de aquel momento.

El fondo es más rico que la forma, como ya se ha argumentado.

Y, aunque esto es quizá debatible, la estructura: inicio, nudo y desenlace es invariable.

Pero adicional, los adjetivos simples abundan en los textos. “Era perfecto o era malo”, servían para mostrar cómo eran los personajes.

Es innegable que Chaucer hace un texto memorable, sin embargo en la descripción de sus personajes se queda pobre. ¿Por qué? Porque quizá solo miraba lo evidente lo que había afuera sin un vistazo hacia el interior.

Esta época literaria es una búsqueda, una búsqueda permanente de un Dios que se ha perdido. Una búsqueda del ser como centro, del ser que piensa y siente, pero que antes de entrar en ese mundo interior, necesita derrumba los muros hechos de parámetros morales y sociales.

 

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